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    Miguel de Unamuno

    La sangre de mi espíritu

    La sangre de mi espíritu es mi lengua,
    y mi patria es allí donde resuene
    soberano su verbo, que no amengua
    su voz por mucho que ambos mundos llene.

    Ya Séneca la preludió aún no nacida
    y en su austero latín ella se encierra;
    Alfonso a Europa dio con ella vida.
    Colón con ella redobló la Tierra.

    Y esta mi lengua flota como el arca
    de cien pueblos contrarios y distantes,
    que las flores en ella hallaron brote,

    de Juárez y Rizal, pues ella abarca
    legión de razas, lengua en que a Cervantes
    Dios le dio el Evangelio del Quijote.




    TAMBIÉN EN MIGUEL DE UNAMUNO

    La mar ciñe a la noche en su regazo / y la noche a la mar; la luna, ausente;
    Blas, el bobo de la aldea, / vive en no quebrado arrobo; / La aldea es de Blas el bobo, / pues toda a Blas le recrea.
    Noche blanca en que el agua cristalina / duerme queda en su lecho de laguna / sobre la cual redonda llena luna / que ejército de estrellas encamina
    Tú me levantas, tierra de Castilla, / en la rugosa palma de tu mano, / al cielo que te enciende y te refresca, / al cielo, tu amo.
    No recordaban Abel Sánchez y Joaquín Monegro desde cuándo se conocían. Eran conocidos desde antes de la niñez, desde su primera infancia, pues sus dos sendas nodrizas se juntaban y los juntaban cuando aún ellos no sabían hablar. Aprendió cada uno de ellos a conocerse conociendo al otro. Y así vivieron y se hicieron juntos amigos desde nacimiento, casi más bien hermanos de crianza.
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